miércoles, 1 de febrero de 2012

En búsqueda de la primavera


  Era evidente, nunca antes lo hubiese imaginado. Como los árboles milenarios que han visto el pasar de tantas generaciones, sentí firmemente la convicción de que estaba allí de nuevo, no era la primera vez. Comprendí que tal como aquellas inmensas raíces era la esencia del alma: imperecedera e infinita.
   Enfermo y solitario viví largo tiempo atrapado en un túnel. La gracia concedida era poca, creí que habitaba en el infierno de una dimensión perdida, por algún error, por algún tipo de malvada suerte. Pasé intensas noches de profundas tristezas, rogando y maldiciendo todo y a todos. A veces, un ínfimo destello de luz bajaba durante mis pensamientos más oscuros haciéndome recordar que una extraña fuerza me veía desde algún lugar del universo. Recordé entonces, como tantas noches, como tantas veces, algo que estaba grabado en algún lugar de mi taciturna alma, que de alguna manera estaba oculto y se me permitía ver a veces como esas luces que se parpadean, y cuando ya se dan por muertas vuelven a iluminarlo todo. Allí, vislumbré atónito que caminaba por un puente curvo y corto. Bajo su sombra pasaban destellos de colores: eran los peces que nadaban sutil y suavemente. Alcé la mirada anhelando la tranquilidad de aquellos animales y divisé la majestuosidad del templo que se erguía transformándome en un pequeño brote al lado de un puente de madera de hace cientos de años. Indigno, crucé el torī[1], desvié mi paso y continué por un camino aledaño, sintiendo el rocío de la hierba humedecer mis calcetines que lucían blancos y puros como la nieve del Monte fuji[2], lo cual, contrastaba fuertemente con el turbamiento de mi alma, lo que percibí como una severa advertencia de los dioses, sintiéndome profundamente avergonzado.
   Una desconocida nostalgia paralizaba y al mismo tiempo hacía avanzar mi cuerpo, amenazando a mis ojos que parecían dos perplejas flores deshojadas. Volvía a casa, a mi tierra, había vagado muchos largos y duros años, décadas y siglos, perdido en el rumbo, orientando mis pasos bajo la fría y oscura noche de la luna: era tiempo de retornar al origen, a los días cálidos de victorias bajo el sol naciente.
   De pronto, a lo lejos, percibí el llamado. Levanté la mirada y maravillado ante tanta belleza caí de rodillas frente a un majestuoso árbol. Una de sus flores, cayó, cayó muy lentamente. Extendí mis manos y sentí la tersidad de sus pétalos rosáceos posarse en mi áspero tacto. Eran cinco pétalos. Consciente de la divinidad contenida en el número cinco, me dirigí hacía el árbol y le contemplé atentamente.
   Hijo de Amaterasu[3], transmitió el árbol. Pasé la mayor parte del tiempo como un simple árbol sin más color que un oscuro café, y si era mayor la gracia, se me permitía observar un verde tierno de mis hojas que me brindaba infinita esperanza para superar los nódulos naturales de la existencia. Tampoco tuve frutos que mereciesen atención pero, permanecí sereno. Estuve desnudo, como muchos otros, sentí el frío aniquilarme y agrietar mis manos. Aún así, pese a todo aquello, pese a la tempestad y la desolación bajo la que mi corteza desquebrajada parecía gritar, estuve consciente que todo aquello fue el amor que me brindó el universo para fortalecerme y poder dar frutos en primavera. Para cumplir mi misión, fue necesario pasar por grandes pruebas por ello hoy puedo florecer en el Edén eternamente.
   El esplendor de un sumiso árbol colmado de sabiduría caló con profundidad sus vibraciones en mi mente, comprendí que las grandes pruebas eran parte de mi entrenamiento espiritual, eran fortalecimientos que me harían alcanzar la felicidad y yo, sólo gastaba el tiempo en mi erróneo sufrimiento.
    Así como en los parques y calles de Japón llega la primavera y florecen los cerezos,  un día llegará la primavera de nuestra alma. Hijo de Amaterasu mataste fría y crudamente, causaste el incesante dolor de cientos de almas, por eso, tuviste que nacer lejos de tu tierra, padecer grandes enfermedades, pérdidas materiales y sufrimientos a fin de limpiar toda la suciedad con la que ofensivamente colmaste tu alma durante todas tus encarnaciones, la que te fue concedida pura y divina. La compensación que has sufrido ahora te ha dejado preparado.
––¿Cómo sabré qué hacer? ––pregunté de rodillas al sabio espíritu del árbol de cerezo.
   No te preocupes cuanto tiempo queda para que empiece la primavera, preocúpate de entrenar tu espíritu y volverlo inquebrantable. En semanas se irán mis flores, como la efímera vida humana pero, a pesar de ello, sigo vivo, porque el alma no perece. Debes estar preparado. Para forjar a una gran persona, esta debe pasar por grandes sufrimientos. No creas que desde ahora se han solucionado tus problemas, la vida vendrá con pruebas aún mayores que te harán desistir de tu misión, perderás mucho pero cada pérdida será una victoria. En cada momento difícil ora a Dios, hallarás la fuerza necesaria para sobrepasar cada fortalecimiento, no debes desistir jamás, a nadie se le concede una prueba que no pueda superar.   
   Por un vago e iluso momento creí que todo había terminado, mas cuan equivocado estaba. La ingratitud hacia la vida que me había tratado de forjar como la mejor de las espadas, moldeándome con tanto amor, había llegado a su fin. Allí estaba de nuevo, en la oscuridad de mi habitación, asomé por la ventana. Un famélico y desnudo árbol presa del materialismo imperante atisbó y en un agonizante susurro musitó: Ve a sembrar árboles con raíces fuertes, que resistan tormentas y grandes desastres, que como yo muchos ya viejos, débiles y contaminados yacen. Ya no hay nada que hacer por mí.   
   Había renacido espiritualmente y ahora debía cumplir con la misión de Amaterasu. Debía lograr el despertar espiritual de la humanidad.
Adjudica distinción literaria otorgada por
 Fundación Chileno-Japonesa para la Cultura ,
30 de enero 2012


[1] Un torī (鳥居) es un arco tradicional japonés que suele encontrarse a la entrada de los santuarios Shinto, marcando la frontera entre el espacio profano y el sagrado.
[2] El Monte Fuji (富士山) es un volcán, la cima más alta de Japón con 3.776 metros de altitud.
[3]  Amaterasu (天照) es la diosa del Sol y antepasada de la Familia Imperial de Japón

jueves, 13 de octubre de 2011

Momento de quietud


Cuando observo las flores, 
con ternura distingo, en un segundo de profunda claridad, a mis amigos cuyas almas se esfuerzan por florecer bajo la Luz Verdadera.

Innegable tal perfumada ola que expelen los árboles en la primavera. Amanecida tenue e indómita la mirada, junto a sus dos barcos negros dilatados de asombro, estoy segura, eran como noctilucas dispersas en el aire, atravesando las dimensiones, no, atravesando no, haciéndose visibles a aquellas dos adormecidas embarcaciones oscuras cargadas de materialismo.
¿Qué han venido ha decirme? Cayendo como polen, con voz de paz.
Bienvenidas.

lunes, 3 de octubre de 2011

Luz en la noche



En estas noches bajan racimos de recuerdos
y no está el árbol que me daba de comer,
ni el nido en su regazo repartiendo sueños.
En estas noches que lo cierto es un beso incierto,
la Luz que desconozco y amo a profundidad
mi salada boca cierra y no cojo nada oscuro,
y la sombra que va dejando mi corazón, atraviesa.


Sin lluvia los hombres no pueden ser hombres, como los árboles no pueden ser árboles.


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lunes, 22 de agosto de 2011

¡Gracias!


A mis amigos
a mis hermanos
a la humanidad toda.
Agradezco estas grandes, pequeñas y profundas penas que me permiten ayudar y comprender mejor el dolor de mis hermanos.
Determinación, coraje, luz.

jueves, 28 de julio de 2011

Llueve



(En certamen, ya vuelve)

jueves, 7 de julio de 2011

Tanabata (七夕)

七夕

¿Cual fue tu deseo?
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domingo, 19 de junio de 2011

S a n t i a g o d e CHILE

Ayer llovió incesante,
y hoy se me permitió esta hermosa vista desde mi ventana,
¡muchas gracias!
Pronto estaré en Valdivia después de tanto.
¡Sasete itadakimasu!



domingo, 12 de junio de 2011

Nuestras arístas 

私たちの罪

Visten las almas

plumas de cormoranes

sin sol naciente.


Y devoradas

como límpidas flores

hacia el oriente.


Renacen.