Era evidente, nunca
antes lo hubiese imaginado. Como los árboles milenarios que han visto el pasar
de tantas generaciones, sentí firmemente la convicción de que estaba allí de
nuevo, no era la primera vez. Comprendí que tal como aquellas inmensas raíces era
la esencia del alma: imperecedera e infinita.
Enfermo y solitario viví
largo tiempo atrapado en un túnel. La gracia concedida era poca, creí que
habitaba en el infierno de una dimensión perdida, por algún error, por algún
tipo de malvada suerte. Pasé intensas noches de profundas tristezas, rogando y
maldiciendo todo y a todos. A veces, un ínfimo destello de luz bajaba durante
mis pensamientos más oscuros haciéndome recordar que una extraña fuerza me veía
desde algún lugar del universo. Recordé entonces, como tantas noches, como
tantas veces, algo que estaba grabado en algún lugar de mi taciturna alma, que
de alguna manera estaba oculto y se me permitía ver a veces como esas luces que
se parpadean, y cuando ya se dan por muertas vuelven a iluminarlo todo. Allí,
vislumbré atónito que caminaba por un puente curvo y corto. Bajo su sombra
pasaban destellos de colores: eran los peces que nadaban sutil y suavemente. Alcé
la mirada anhelando la tranquilidad de aquellos animales y divisé la
majestuosidad del templo que se erguía transformándome en un pequeño brote al
lado de un puente de madera de hace cientos de años. Indigno, crucé el torī[1], desvié
mi paso y continué por un camino aledaño, sintiendo el rocío de la hierba
humedecer mis calcetines que lucían blancos y puros como la nieve del Monte
fuji[2], lo
cual, contrastaba fuertemente con el turbamiento de mi alma, lo que percibí
como una severa advertencia de los dioses, sintiéndome profundamente
avergonzado.
Una desconocida nostalgia paralizaba y al
mismo tiempo hacía avanzar mi cuerpo, amenazando a mis ojos que parecían dos
perplejas flores deshojadas. Volvía a casa, a mi tierra, había vagado muchos
largos y duros años, décadas y siglos, perdido en el rumbo, orientando mis
pasos bajo la fría y oscura noche de la luna: era tiempo de retornar al origen,
a los días cálidos de victorias bajo el sol naciente.
De pronto, a lo
lejos, percibí el llamado. Levanté la mirada y maravillado ante tanta
belleza caí de rodillas frente a un majestuoso árbol. Una de sus flores, cayó,
cayó muy lentamente. Extendí mis manos y sentí la tersidad de sus pétalos
rosáceos posarse en mi áspero tacto. Eran cinco pétalos. Consciente de la
divinidad contenida en el número cinco, me dirigí hacía el árbol y le contemplé
atentamente.
Hijo de Amaterasu[3], transmitió
el árbol. Pasé la mayor parte del tiempo como un simple árbol sin más color
que un oscuro café, y si era mayor la gracia, se me permitía observar un verde
tierno de mis hojas que me brindaba infinita esperanza para superar los nódulos
naturales de la existencia. Tampoco tuve frutos que mereciesen atención pero, permanecí
sereno. Estuve desnudo, como muchos otros, sentí el frío aniquilarme y agrietar
mis manos. Aún así, pese a todo aquello, pese a la tempestad y la desolación
bajo la que mi corteza desquebrajada parecía gritar, estuve consciente que todo
aquello fue el amor que me brindó el universo para fortalecerme y poder dar
frutos en primavera. Para cumplir mi misión, fue necesario pasar por grandes pruebas
por ello hoy puedo florecer en el Edén eternamente.
El esplendor de un sumiso árbol colmado de
sabiduría caló con profundidad sus vibraciones en mi mente, comprendí que las
grandes pruebas eran parte de mi entrenamiento espiritual, eran
fortalecimientos que me harían alcanzar la felicidad y yo, sólo gastaba el
tiempo en mi erróneo sufrimiento.
Así como en los
parques y calles de Japón llega la primavera y florecen los cerezos, un día llegará la primavera de nuestra alma.
Hijo de Amaterasu mataste fría y crudamente, causaste el incesante dolor de
cientos de almas, por eso, tuviste que nacer lejos de tu tierra, padecer
grandes enfermedades, pérdidas materiales y sufrimientos a fin de limpiar toda
la suciedad con la que ofensivamente colmaste tu alma durante todas tus
encarnaciones, la que te fue concedida pura y divina. La compensación que has
sufrido ahora te ha dejado preparado.
––¿Cómo sabré qué
hacer? ––pregunté
de rodillas al sabio espíritu del árbol de cerezo.
No te preocupes
cuanto tiempo queda para que empiece la primavera, preocúpate de entrenar tu espíritu
y volverlo inquebrantable. En semanas se irán mis flores, como la efímera vida
humana pero, a pesar de ello, sigo vivo, porque el alma no perece. Debes estar
preparado. Para forjar a una gran persona, esta debe pasar por grandes
sufrimientos. No creas que desde ahora se han solucionado tus problemas, la
vida vendrá con pruebas aún mayores que te harán desistir de tu misión,
perderás mucho pero cada pérdida será una victoria. En cada momento difícil ora
a Dios, hallarás la fuerza necesaria para sobrepasar cada fortalecimiento, no
debes desistir jamás, a nadie se le concede una prueba que no pueda superar.
Por un vago e iluso momento creí que todo
había terminado, mas cuan equivocado estaba. La ingratitud hacia la vida que me
había tratado de forjar como la mejor de las espadas, moldeándome con tanto
amor, había llegado a su fin. Allí estaba de nuevo, en la oscuridad de mi
habitación, asomé por la ventana. Un famélico y desnudo árbol presa del
materialismo imperante atisbó y en un agonizante susurro musitó: Ve a
sembrar árboles con raíces fuertes, que resistan tormentas y grandes desastres,
que como yo muchos ya viejos, débiles y contaminados yacen. Ya no hay nada que
hacer por mí.
Había renacido espiritualmente y ahora debía
cumplir con la misión de Amaterasu. Debía lograr el despertar espiritual de la
humanidad.
[1] Un torī (鳥居) es un arco tradicional japonés que suele encontrarse a la
entrada de los santuarios Shinto,
marcando la frontera entre el espacio profano y el sagrado.





